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miércoles, 13 de diciembre de 2017

La vida como es… / Sobrevivir a la Navidad

Octavio Raziel

Esta mañana, he sacado los CD con música navideña. Escojo uno y lo coloco en el aparato reproductor. Mientras termino la primera taza de café del día, el disco gira y gira con canciones tradicionales donde suenan campanitas y cascabeles.
       
No, aún no, pienso.
       
Del fondo de la bodeguita, entre muchos triques aparecen los adornos que acostumbro poner en la casa en esta temporada. Con frenesí los coloco en los mismos lugares donde estuvieron el año pasado, el antepasado y desde hace muchos años.
       
Mi horrible árbol, con ramas y hojas de plástico verde, acumuló polvo suficiente para reforzar al desierto de Altar pues la última vez lo desmonté hasta las vacaciones de Semana Santa. Habría que reponer las esferas rotas e instalar en lo alto a la estrella de Belén como último paso.
       
No, aún no. Me repito.
       
Recorro el centro comercial cercano. Oigo la música navideña, observo los adornos y escucho el jo jo jo de Santo Clos, pero ni así logro rescatar mi espíritu navideño.
       
Entonces, aplico el antídoto al estrés navideño. ¡Únete al enemigo!
               
Veo, una vez más, la lacrimógena película La niña de las cerillas. Hago un enorme esfuerzo para llorar a moco tendido para no parecerme al avaro, cruel y desalmado Scrooge. Cambio de canal donde animadores, artistas e invitados se carcajean como idiotas en un esfuerzo por transmitir la felicidad que aparentan les embarga en estas fiestas. Las risas grabadas se me meten hasta la médula y me indican cuándo también yo debo de hacerlo.
       
El siguiente antídoto será romper el contraste entre el yo interno que incluye la nostalgia, tristeza y el estrés, y el yo externo, uniéndome a los villancicos, la alegría y el entusiasmo que incluye estampar el poder de mi firma.
       
Abrazo a mis enemigos y saludo de beso hasta a la más fea. Reparto parabienes a diestra y siniestra.
       
Escucho sumiso las obligaciones que tengo para y con toda la parentela: “No te olvides del regalo para la tía Cucufata. Siempre te tiene un buen presente” (chocolates reciclados) “El tío Audifax nunca se olvida de ti” (pañuelos que le regaló Cucufata en 1953). “Tu sobrina Espergencia espera su laptop que le prometiste cuando cumplió sus quince” (hace diez).
       
El esfuerzo de los últimos meses por bajar los ocho kilos extra que se me han acumulado alrededor de la cintura, se va a la basura cuando escucho: ¡La cena está servida! “No puedes despreciarnos” me han dicho. Un caldito caliente para el frío; el bacalao elaborado por GaGa y los romeritos con los que se pulió Josefita. Tampoco la ensalada rusa de la tía o el ponche con que se esmeró la vecina.
       
Sé que este paquete no podré digerirlo hasta las próximas Pascuas. Todo sea por el espíritu navideño. No pueden faltar el kilo de uvas a un lado (¿Qué, no son para el Año Nuevo?) las frutas secas, la sidra y el café para el desenpance.
       
Contra mis deseos de desaparecer el mes de diciembre del calendario, a los familiares a los que deberé dar un regalo, la cena navideña, la transmisión de películas lacrimógenas y los programas con risas grabadas, boto al cesto de la basura mi mal humor, saco las tarjetas de crédito y me doy vuelo en los centros comerciales.
       
Este antídoto al estrés navideño funcionará. Tendré 365 días para pagar el próximo año.
       
La armadura de insensibilidad con que me forré en el diplomado que tomé con el Doctor House, fue traspasada por la luz de la nariz del reno Rodolfo, el brillo de la estrella de Belén, el rojo del gordito Clos y el dorado de las burbujas de champaña.
       
Sólo me resta gritar:
       
¡Feliz Navidad para todos!
       
¡Ajá!

lunes, 6 de noviembre de 2017

La vida como es… / Norte

Octavio Raziel

El norte es considerado el techo del mundo; el arriba, donde se toman las grandes decisiones; donde está el poder, donde viven los ricos y los más afortunados. Los pobres –en el cine, el arte, la literatura o en la vida real– siempre están abajo.

El Cielo de algunas religiones está arriba; lo malo, el Infierno, abajo. El norte es bueno, y como bueno, está en la parte superior.    

Hago un barrido mental, de arriba hacia abajo de los países que he visitado y concluyo que es cierto el axioma de: en el norte se trabaja, en el centro se piensa y en el sur se sueña.
       
En pocos años –¿serán diez? - la geografía de los continentes europeo y americano mostrarán cambios muy importantes. Las regiones norteñas de los actuales países externan sus quejas sobre el trabajo que realizan para subsidiar la diversión de los sureños. En el Viejo Continente baste mencionar los movimientos separatistas de Groenlandia, Transilvania, Alta Silesia, Flandes, Cerdeña, Córcega, Baviera, Irlanda del Norte, Escocia y algunos otros pequeños o grandes estados. El País Vasco, Catalunya y Galicia (las “nacionalidades históricas”) se cuecen aparte pues, en pocos años, el Al Andaluz regresará a manos del islam, no por las armas, por inmigración.
       
En América (el continente, se entiende) California (y con ella, el Silicon Valley) puede crear el Calexit, formando un nuevo bloque desde el occidente canadiense hasta Baja y quizá Sonora. Alaska y Cascadia aspiran a la secesión cada una por su lado. En México, además de la separación del noroeste, Chiapas y Yucatán pretenden crear la República del Soconusco, cansados de la explotación e injusticia del centro-norte del país.
       
El norte, donde se han movido siempre los hilos para delinear o borrar fronteras (recordemos el Levante) está desmoronándose el Occidente mientras que el Oriente se fortalece. En el reloj de la humanidad los imperios duran segundos. El león de la Pérfida Albión se convirtió en un perrito pequinés con melena; y al águila calva gringa pronto la veremos desplumada en el rostizador de Xi y, Rusia, seguirá siendo siempre dama nunca novia. Todos serán movimientos de fronteras y economías del rompecabezas mundial. Cientos de millones de dólares americanos escupen las imprentas de EU al día sin sustento alguno, las Afores mexicanas pronto quebrarán y los Cetes tronarán el día menos pensado; ahora, yo les recomendaría invertir en el petroyuán, la moneda del futuro.
       
¿Y sobre la posibilidad de una guerra? un amigo sabio me recordó la frase de Einstein en el sentido de que una Tercera Guerra Mundial decaería en una Cuarta, con palos y piedras; o con una quijada de burro, si es que quedó alguno.
       
Ya me estaba norteando. Regreso a ese punto que nos enseñaron en la escuela y que está arriba del globo terráqueo. Aunque, astronómicamente, vista desde fuera la Tierra, no existe un arriba o abajo en el espacio.
       
Se ha sabido que la primera versión de un mapa de que se tiene constancia data de hace unos 14,000 años y fue pintado en la pared de una cueva; en esa carta, el norte no existía. Fueron muchos siglos los que pasaron para que al arriba le dieran la ubicación que conocemos.
       
Recordemos que las primeras brújulas –chinas, off course- no marcaban a la región Boreal, sino al sur; mientras que los egipcios consideraron el Techo del Mundo al Este, pues era el espacio donde salía el Sol cada mañana. Los primeros cristianos señalaban el Cielo también al Este, pues ahí estaba el Edén. En el caso de los musulmanes, sus mapas preferían el sur porque hacia allá –La Meca- dirigían sus rezos. Para los Inuit (esquimales) el norte del norte es el “Gran clavo del mundo” pues es el único lugar del planeta donde todas las direcciones apuntan al sur.
       
Los marinos usamos como brújulas la Estrella Polar en el norte y la Cruz del Sur, abajo.
     
 La primera vez que visité Ushuaia, (lo he hecho ya en cuatro ocasiones) la Isla del Fin del Mundo, en la Antártica (Polo Sur) pensé que caminaría de cabeza, como la foto que ilustra esta reflexión. El cielo, las constelaciones, las veía desde otra perspectiva. Con todo y todo, me olvidé de mi preocupación de caer al espacio.

lunes, 24 de julio de 2017

La vida como es… / ​El Diablo​

Octavio Raziel

Obligación de todo reportero que se preciara de profesional era conseguir la nota de ocho, y si era exclusiva mejor.

La crisis del petróleo de 1973-1975 puso a temblar al mundo. México tiene petróleo para 100 años y más, apareció la noticia en el periódico El Nacional. Recuerdo que busqué quién me podría dar información al respecto y triangulé al responsable de estas investigaciones en el Instituto Mexicano del Petróleo.

Todo fue invitarle unas copas y grabar la entrevista. Las consecuencias de esta noticia, que por alguna razón no consultó el director del diario con Bucareli o si lo hizo no le dieron importancia, fue la temprana llamada del Presidente Echeverría al licenciado Carrillo Marcor. El as bajo la manga que tenía para negociar se le había caído.

El amigo del IMP sufrió un cáncer fulminante de estómago que lo llevo a la tumba en escasos dos meses. Más adelante, la devaluación de 1976. Años más tarde, López Portillo, que quiso jugar por la libre en la economía petrolera internacional, pregonaba que con tanto oro negro tendríamos que ir aprendiendo a administrar la abundancia. Lo que no sabíamos es que llegarían los harvarianos que piensan y hablan muy bien el inglés y nos hicieron creer que no teníamos ni una cubeta en los Veneros del Diablo.

El diario El Financiero publica la noticia de que el súper yacimiento frente a Yucatán podría ser uno de los más grandes del mundo. El patrimonio de la nación ha sido entregado a petroleras internacionales y a particulares como la familia Salinas de Gortari y amigos que le acompañan.

El Niño Dios te escrituró un establo

Y los veneros del petróleo el diablo.

miércoles, 31 de mayo de 2017

La vida como es… / Ricos y jodidos

Octavio Raziel

La sociedad mundial vive en carne propia las teorías de Milton Friedman sobre la liberalización de la economía. Las generaciones X y Millenials entraron en una espiral consumista feroz. Los Estados Nación se han convertido en simples administradores sin capacidad rectora ni generadora de equilibrios. El hombre moderno vive entre la obsolescencia programada, la seducción subliminal y la manipulación social; su presencia en la sociedad está determinada por la cantidad y calidad de bienes que posee, alcanzados, incluso, a costa de su tiempo, salud y entorno familiar.

Frente a ese consumismo feroz me pregunto hasta dónde el ciudadano moderno puede sustraerse de esta corriente.

Visité el centro comercial Perisur, en Ciudad de México. No era quincena, era entresemana y con un calor infernal. Sin embargo, las tiendas y estancos más reputados estaban abarrotados. A las salidas se veían a las damas cargando envoltorios con bolsos cuyo precio más bajo sería de unos siete mil pesos; otros clientes con regalos que hacían suponer –como dijo Peñamiento- que la crisis está sólo en la mente de los mexicanos; otros más comprando trajes cuyo precio equivale al de mi auto hondita. Los restaurantes de gran lujo te piden reservación previa y los vehículos del año son miles y abarrotan los estacionamientos. Me parece vivir en Disneylandia, en un mundo paralelo a lo real.

En contraste, más de 55 millones de connacionales viven en condiciones, podría decirse, infrahumanas. Ganan 4 dólares con 19 centavos al día (el salario más bajo del mundo) mientras que la canasta básica les cuesta más, esto es: 4 dólares con 58 centavos. Y con la repatriación de cientos de miles de indocumentados que de alguna manera enviaban remesas a su familia, la crisis será más grave para ese sector.

Hay, también, la clase no tan pobre: empleados que a temprana edad serán los inempleables, desechables, que no alcanzarán la jubilación, los outsourcing; además, el ejército de informales que se harán viejos tras un puesto de baratijas chinas o comida callejera. Todos ellos, esclavos de la televisión, veneno por excelencia, vehículo para la colonización del imaginario.

En el futuro las personas vivirán con más miedo que esperanza.

Frente a eso, hoy me pregunto si necesito realmente todo lo que poseo o lo que deseo poseer. Debo liberar mi tiempo y recursos para vivir una vida más consciente, libre y plena. He aprendido, con la Teología de la Liberación que se debe seguir la filosofía de Jesucristo, buscando librar al ser humano de la pobreza, no en dirección de la riqueza, sino de la justicia social.

Recordar a Fausto cuando Mefistófeles proclama satisfecho: ¡Ah, todo va magníficamente mal allá en la Tierra”!

Quisiera heredar a… ¿a quién? la responsabilidad de acortar la distancia entre quienes tienen todo y los que nada tienen.

Así es México, un Estado fallido; el país que todos perdimos.

lunes, 27 de febrero de 2017

La vida como es… / Imperios

Octavio Raziel

El mundo amaneció el pasado 20 de enero con un discurso que nos remitió a la promesa de los mil años del mundo ario; la recuperación de una potencia que en ocasiones pareciera había perdido el rumbo. Sin embargo, siempre, no es siempre para siempre.

Faltan 983 años para que termine el presente milenio. Aparentemente es largo el camino por recorrer, pero en circunstancia histórica es tiempo que pasará más rápido de lo que pensamos. Seguro tendrán que definirse las nuevas fronteras de la economía y el poder mundial.

La historia de la humanidad ha sido de guerras, de luchas por el poder y por la creación de imperios que pretendían ser eternos.

Los primeros, encabezados por chinos, hindúes, egipcios, hititas o sumerios fueron seguidos por los hebreos y fenicios. Más adelante los asirios y celtas y luego los persas, los griegos y los romanos.

A la antigüedad le siguieron el Imperio Carolingio, el Sacro Imperio Romano Germánico, los grandes califatos, las dinastías Sui, Tang y Ming y en Mesoamérica los toltecas, los mayas, los aztecas y en el sur los incas crearon sus propios poderíos.

Después del descubrimiento de América, España logró una gran supremacía en la que no se ocultaba el sol.

Y en lo religioso, el gran milenio del catolicismo terminó con el siglo pasado, resultado de dar la espalda a la modernidad y de una furibunda alianza con el fundamentalismo de derecha; ahora, corresponderá a Francisco organizar el funeral y a su sucesor el entierro de esa corriente como potencia ideológica mundial.

El milenio del mundo como lo conocemos tendrá que hacerse a un lado para dejar pasar al nuevo que podría ser el chino, el hindú o el israelita, tres potencias que si bien no se igualan en población si en fuerza económica, industrial y sobre todo nuclear.

Estados Unidos, en el continente americano; Alemania y Francia, en el viejo continente e Inglaterra en el Atlántico, deberán ir pensando en cómo sobrevivir a los tres nuevos desarrollos económicos, disímbolos en su política, pero comunes en el propósito de adueñarse de nuestro futuro.

El dragón del Oriente, con 1,300 millones de habitantes ha demostrado que dentro de un capitalismo de Estado puede explosionarse y tomar un lugar importante en el mundo moderno. Con un crecimiento del 11.3 por ciento anual ha opacado a todas las economías del orbe.

Mientras tanto, India se prepara también para dar el salto. Con 1,100 millones de habitantes busca estar entre las tres superpotencias del mundo, sólo que por diferente camino: apoyo a la iniciativa privada de manera absoluta y mejorar la educación superior y científica de su población. Con un crecimiento estable de más de 6.8 por ciento es la sexta economía del mundo, además de su poder nuclear y militar muy superior a sus vecinos.

Finalmente, el poder israelita, cuyos objetivos son claros desde siempre. Todos los escollos y amenazas que le rodearon antaño, como Egipto, Líbano, Palestina, Irak se han eclipsado como potencias militares amenazantes y se han convertido en sus proveedores de energéticos y mano de obra barata. Sólo queda una piedra que barrer: Irán, la antigua Persia. Sin embargo, cualquier día de estos nos amanecemos con la noticia de que también desapareció del mapa militar del Medio Oriente. "...no por la fuerza ni por las armas, sino por mí espíritu, dice el Señor de los ejércitos..." Zacarías (IV-6) (Zejariá).

lunes, 13 de febrero de 2017

La vida como es… / Cometa 45P

Octavio Raziel

Después del gran terremoto de 1910, que afectó a casi todo el centro del país, especialmente a los estados de Guerrero y Oaxaca, la vida continúo sin esperar mayores desgracias.

Sin embargo, al poco tiempo del temblor, sobre el oscuro cielo, con luna nueva, apareció el cometa Halley.

Desde el momento en que comenzó a vislumbrase como una pequeñísima manchita en el espacio, el chismorreo sobre la posibilidad de un descomunal choque contra el viajero erizaba la piel de la gente. Noticias diversas aparecían en los periódicos de la capital estatal y en las que se plasmaban historias estremecedoras acerca de lo que podría pasar a los habitantes de la tierra de ocurrir el enfrentamiento.

La iglesia de Teposcolula se le veía llena los primeros días; cientos de veladoras alumbraban día y noche la enorme nave. El cura del pueblo aprovechaba el fenómeno para incrementar el número de feligreses en sus ceremonias. Magnificaba las noticias que le llegaban sobre el fenómeno astronómico y que ponía en manos de Dios. Es el castigo que nos envía para probar nuestra fe y nuestra devoción, dijo, agregando que se organizaría una peregrinación a Nundiche, donde está el Niño Dios más milagroso de la región.

Un buen número de feligreses se congregaron desde la madrugada para iniciar el viaje que duraría dos días. La ruta más corta era por el camino de herradura. El recorrido atravesaba bosques de pinos y enebros, enormes ocotes que milagrosamente se sostenían en una pequeña capa de tierra y humus.

Pero el tiempo, que sana todo –hasta los malos presentimientos- trajo la tranquilidad al pueblo.

La gente salía por las noches para observar en esa bóveda celeste, entre millones de estrellas, a una que sobresalía por su larga cauda azul, rosa y naranja. Sin luna, el cielo era un manto negro plagado de estrellas de colores y tamaños diversos; la Vía Láctea era clara como un camino de leche real.

Para Eloísa, como para muchas niñas, el espectáculo era novedoso; y para los jóvenes era la oportunidad de verse sin la mirada de los padres o hermanos.

Así como llegó, silencioso, partió el cometa Halley, continuando su periplo de 76 años, antes de que lo volvieran a ver en la tierra.

El país entero vio esto, después del terremoto, como otro mal presagio para la nación que esperaba lo mejor del siglo XX.

Semanas después del cometa llegó la peste. José Alberto comentaba que los cometas eran los “portadores” de la muerte, y que siempre aparecen las epidemias, las enfermedades y, en especial, la peste, cuando estos viajeros se hacen presentes, matando a miles o millones en el mundo. Pero también eran sembradores de vida en el universo. Tal vez –dijo- uno de ellos trajo la vida a la tierra hace millones y millones de años.

La epidemia del ’10 afectó mayormente a los niños y la gente pobre que vivía en las zonas cercanas al río y a la acequia que descargaba aguas que bajaban de los lomeríos del norte.

Diario iban al camposanto varios cortejos; en ocasiones, ya sin cajón, los cadáveres eran llevados envueltos en un petate ante la escasez de féretros. La mayoría de los casos no ameritaba un velorio y un funeral digno del difunto, fuera cual fuere su nivel social, pues lo importante era deshacerse de ese foco de infección.

(*) Fragmento de la novela “Fotografía de una Gitana”, de Octavio Raziel García-Ábrego
 (Primera parte, capítulo II)
         
El motivo de este recuerdo es el avistamiento, la madrugada de los días 11 y 12 pasados, del Cometa verde 45P que regresa de su visita al Sol. ¿Por qué verde? Por los chorros lanzados desde el núcleo del cometa que contienen cianógeno (CN) un gas venenoso encontrado en muchos cometas y carbono diatómico (C2). Ambas sustancias brillan de color verde cuando son iluminadas por la luz solar en el casi vacío del espacio.

Se le considera en el lugar 5 de las órbitas de cometas más cercanas a la tierra; esto es, sólo serán 23 veces más lejos de la Tierra a la Luna.

La concurrencia de epidemias de todo tipo con el paso de los cometas, esperamos que sean sólo eso: coincidencias.

jueves, 9 de febrero de 2017

La vida como es… / El otro muro

Octavio Raziel

Mientras abundan las especulaciones sobre quien canceló primero las pláticas entre Peña Nieto y su homólogo estadunidense, o si serán en lo obscurito, el gobierno mexicano acelera la construcción del otro muro, el que nos separará de Centroamérica.

La edificación de ese muro se ha iniciado de inmediato e incluirá, con la ayuda de los Estados Unidos y pactada con la nueva administración de Trump, según varios medios norteamericanos, “un equivalente de una ‘pared’ de alta tecnología en la frontera sur de México con Guatemala”. La idea es no dejar pasar un ilegal más desde el istmo centroamericano.

El presidente de México ha ordenado ya la aplicación en masa de deportaciones de centroamericanos y se ha comenzado a impedir el paso de migrantes haitianos, dominicanos y cubanos que habían tomado esa ruta hacia el “sueño americano”. Pero no parará el trabajo con un muro fronterizo en el sur, también la Secretaría de Comunicaciones y Transportes anunció el control de la ruta ferroviaria conocida como “La Bestia” utilizada por centenares de migrantes en su camino a los Estados Unidos con lo que pondrán una barrera más a este fenómeno social.

La administración de Trump ha entendido que el problema no es sólo la expulsión de miles de mexicanos que de alguna manera logran “saltar” de regreso a los EUA, sino los centroamericanos que son expulsados, no a sus lugares de origen, sino que los botan a la frontera mexicana, especialmente Reynosa o Nuevo Laredo en el Este y Tijuana y Mexicali, en el Oeste.

Estos migrantes al no encontrar una manera honesta de ganarse la vida, muchos de ellos han recurrido al asalto, al secuestro y a la extorsión, y en el peor de los casos se han integrado a grupos delincuenciales del crimen organizado. Muchos otros, secuestrados y esclavizados mientras pueden ser explotados. Algunos de esos indocumentados formaban parte de las llamadas maras en El Salvador, Nicaragua y Honduras y habían huido en busca de la protección que les brindaba el anonimato en Estados Unidos.

En la frontera norte de México, nuestros connacionales, mientras tanto, están en condiciones de vulnerabilidad extrema, pues no sólo son atacados por las nuevas autoridades migratorias norteamericanas, también han sido abandonados por su propio gobierno.

Diera la impresión de que México está de acuerdo con los planes de Donald Trump para impedir la entrada de inmigrantes irregulares, no sólo mexicanos, sino de todos los que lleguen del sur.

Al parecer, Trump no haría lo que tiene planeado sin la complicidad del gobierno mexicano que conserva la esperanza de que a cambio de ese apoyo se soslayen los grandes escándalos de corrupción y violaciones sistemáticas a los derechos humanos y la situación de impunidad en todo nuestro territorio.

Negociará, seguramente, las violaciones a la libertad de expresión, la drástica represión a los líderes políticos, encarcelados o asesinados; periodistas censurados, despedidos o muertos; matanzas atroces equivalentes a la Ley Patriótica de los Estados Unidos.

Como las antiguas tribus, Peña Nieto envió como una ofrenda de paz al conquistador blanco, a Joaquín “El Chapo” Guzmán a los Estados Unidos salvando muchos escollos legales y también a quien considera su delfín, Luis Videgaray, para que apacigüe la furia antimexicana del güero.

Mientras, el muro del sur avanza a pasos agigantados; trabajo callado, pero imparable, y que pagará el gobierno mexicano sin muchos panchos.

domingo, 30 de octubre de 2016

La vida como es… / Aromas

Octavio Raziel

Mis muertos

No me he integrado a los jalogüines y para mí es un deleite recordar a “mis muertos” a la mexicana.

La llegada de “los muertos” me permite remontarme a los años infantiles cuando, en la casa de la abuela, esperaba ansioso desde los preparativos, la montada del altar y, sobre todo, la desmontada del mismo que me permitía degustar diversos manjares.

Noviembre llega a los pueblos mexicanos con vientos que levantan polvos y paja de los campos. Las últimas cosechas de maíz y trigo dejan pelones los campos y sólo algunas blancas azucenas silvestres sobresalen en esas tierras dispuestas a descansar. Junto con las pizcas los pueblos se preparan para esperar a sus muertos.

A las casas llegaban –recuerdo - las molineras a depositar sobre el metate cacao que molían y molían, mientras un anafe con carbón ardiente calentaba la piedra desde abajo. Una pasta gruesa se iba formando mientras le añadían pizcas de azúcar y canela. Cuando estaba a punto la pasta, se hacían con las palmas de las manos pequeños cilindros que serían las tabletas de chocolate. ¡Ah, qué aroma!
Días antes se reunían los mayordomos y amigos en una “labranza”, que no era sino la fabricación de velas de cera virgen. Cada uno de los invitados llevaba pencas recién sacadas del panal. El aroma de la miel con el polen que aún contenían esas pencas daba un ambiente místico a la reunión. En el lugar reservado a los varones predominaba el olor a aguardiente curado de tejocotes secados al sol y que los invitados ingerían con singular alegría. El panteón tendría también ese aroma a cera pura y flores del campo cuando el pueblo entero fuera a rendir culto a sus muertos.

El día uno de noviembre estaba dedicado a los angelitos y el día dos a los mayores.  En el estado de Morelos se han inventado el día (28 de octubre) de los “matados”, esto es, los que fueron muertos violentamente; que esos abundan por aquí.

Los niños tenían en el altar dulces de todo tipo: calabaza en tacha, acitrones y jaleas de tejocote; todas ellas hechas con días de anticipación. La abuela, un par de días antes, había hervido los tejocotes para luego hacer una pasta que se volvería a hervir hasta que formaba espuma. Colaba ese espeso líquido en un cedazo de manta de cielo. Una y otra vez hasta que el resultado fuera un cristalino producto. Enfriado, se convertía en una jalea transparente, de un suave sabor y olor. Mientras, como patrona coordinaba a sus ayundantas que preparaban el rompope con yemas y alcohol de caña o los dulces de calabaza, acitrones y calaveritas de amaranto con el nombre de cada uno de los difuntitos.

Para los mayores abundaban las frutas de estación: cañas, mandarinas, jícamas y tejocotes, además de moles o el guisado que más gustara al difuntito. No faltaba el vino y el agua, que por la mañana amanecían disminuidos, pues habían venido a sorberlos por la noche las macabras visitas.

Desde lo lejos llegaba el olor a copal quemado en anafes y sahumerios de barro negro. Otras yerbas añadían más aromas que se prendían en la profundidad del olfato de quienes se acercaban. Docenas de flores de cempasúchil amarilleaban el altar. Salpicadas con el color blanco de las azucenas de campo que imprimían el singular aroma de estas flores.

Alrededor del altar, papel de china amarillo, blanco o rojo, con canillas recortadas cruzadas o formas de calaveras y catrinas. Esto enmarcaba a los retratos en blanco y negro o virados a sepia de quienes “se nos han adelantado” decían.

Desde el centro del patio se iniciaba el camino con pétalos para que los muertitos lo siguieran por el corredor posterior y la sala hasta el altar. Así, los difuntitos seguirían esa guía y no se perderían. Acompañaban el camino, en ocasiones, veladoras en botes de hoja de lata para que el viento no las apagara.

Todos esos aromas se quedan en la mente de los mexicanos que somos tan dados a recordar con todos los sentidos.

La muerte tiene sus aromas: azucenas, gardenias y nardos.
 
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