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| Foto: Internet |
Por César Garizurieta
Se requiere una limpieza dental. Decido acudir a un hospital perteneciente a la administración pública. No es necesario ocurrir personalmente a la institución para obtener una cita; una llamada telefónica es suficiente. Dan cita en una semana a las doce horas porque no se trata de una urgencia. En la fecha convenida el paciente es recibido con puntualidad absoluta. Tres médicos generales lo esperan para auscultarlo minuciosamente; aparece un cuarto médico que es el especialista; opina que como se trata de un paciente de primera vez, antes de la limpieza dental habrá que practicarle un electrocardiograma, así como análisis de sangre y orina, pruebas que se llevan a cabo de inmediato. La limpieza dental se reprograma para dentro de tres días a fin de dar tiempo de obtener los resultados del electro y los análisis. Saliendo del consultorio, al fin miccionante contumaz e irredento, tengo impostergables urgencias urinarias. Acudo al baño público de la institución; lo encuentro escrupulosamente limpio; excusados y lavabos automáticos que se accionan ante el presentimiento de la cercanía de miembros superiores o de partes posteriores, según sea el caso. Al tercer día, de nueva cuenta, la recepción es exactamente a la hora programada. Antes de practicar la limpieza dental, el anestesiólogo me llama con el fin de tranquilizarme, haciéndome saber que la anestesia es ligera pues sólo se trata de una limpieza dental y que los exámenes practicados aseguran que el paciente la resistirá sin ningún riesgo. Luego sale el especialista que me explica los pormenores de la intervención quirúrgica. Entran los galenos a la sala de operaciones y yo me dirijo a la de espera. Allí intercambio opiniones con otros que –como yo– son acompañantes solidarios de los pacientes. No oigo una sola queja; solo elogios acerca del servicio. Salgo del lugar. Como a la hora recibo una llamada en el celular, para avisarme que la intervención fue un éxito y que el paciente sería dado de alta en unas cuatro horas, una vez que se hubiera recuperado del todo. No creo estar en México en un hospital público; bueno, no creo estar en México en un hospital público ni en uno privado.
Al día siguiente, acudo a otro hospital para informarme de la salud de un amigo… a otro hospital que, al igual que el primero, pertenece a una institución pública, pero muy distinto– donde se me disipó cualquier duda acerca de mi ubicación geográfica. Allí se encontraba, en calidad de paciente, un amigo mío. Deseo obtener información acerca de su estado de salud. Me encuentro con dos romerías: una afuera de sanatorio compuesta de gente que quiere entrar y otra romería en la sala de espera, donde están quienes lograron el acceso y han esperado horas hasta perder la esperanza. Con habilidad digna de un fullback de los Dallas Cowboys logro escabullirme entre la gente de la romería exterior. Llego a la puerta; un guardia de seguridad privada –ni siquiera un policía– como cancerbero que resguarda la puerta del Hades, me impide el paso. Le explicó que un amigo está internado en el nosocomio y que deseo verlo. El jenízaro me hace ver la imposibilidad ineluctable de mi ingreso, más imposible aun obtener la información que pretendo. A pesar de mis infructuosas gestiones decido quedarme ahí un rato. Le hago la plática al guardia. Después de ganarme su confianza, como un favor especial –con el mismo encomio mostrado por Ariadna al darle el ovillo (dice ovillo) a Teseo para que pudiera introducirse en el laberinto– decide sigilosamente develarme los arcanos requisitos para satisfacer mis deseos informativos: he de esperar a que salga la persona que se encuentra con el enfermo, para que me preste el pase cuya portación me permitirá no sólo saber acerca de la salud de mi amigo, sino, incluso, por qué no… hasta verlo… Como no sé quién esté con mi amigo, me convenzo de lo imposible de la empresa. Salgo del lugar; me percato de que enfrente se encuentra una funeraria que puede presumir por su ubicación inmejorable. Ya estoy tranquilo; ahora sí puedo estar seguro de que me encuentro en un hospital de la administración pública en México.
Entonces ¿en dónde está el hospital primeramente referido; el de la atención inmejorable y los baños pulquérrimos; donde las citas pueden obtenerse por teléfono sin mayor trámite y donde nos buscan para darnos informes?; ¿estará en Cuba o en España, países que se disputan la fama de poseer el mejor sistema de medicina social del mundo?; ¿estará en Noruega, cuya bonanza financiera permite a sus habitantes gozar de uno de los más altos niveles de vida del planeta?; ¿lo habré soñado…?
–No. El nosocomio primeramente referido es un hospital veterinario; uno de los dos hospitales con que cuenta la Facultad de Veterinaria en la Ciudad Universitaria: el que está dentro de la propia facultad (al que acudí), y otro más que está en el área de estudios superiores de la institución. El paciente primeramente referido al que no se atrevieron a hacerle la limpieza dental sin antes practicarle un electrocardiograma, junto con los análisis de sangre y orina es una perrita de nombre Güera.
El segundo hospital, el inaccesible tanto respecto al ingreso a sus instalaciones como en lo referente a la información, es el hospital del Seguro Social que se encuentra en la confluencia de la calle de Gabriel Mancera con la Avenida Xola, en la colonia Del Valle; el paciente es un ser humano ¡Ojalá y en este país los hombres fueran tratados como animales!; cuando menos como tratan a los animales en el Hospital de la Facultad de Veterinaria de la UNAM.
Habrá quien tome este artículo al revés y piense que está mal que en un hospital veterinario se trate con tanto cuidado, con tanto esmero las enfermedades de los animales y que ese presupuesto debía dedicarse a los hospitales de humanos. Esta posición es errónea. Si los dos hospitales de la facultad de veterinaria de la UNAM no existieran, la cantidad del presupuesto nacional dedicado al rubro salud permanecer invariable; el problema es el desprecio a la vida y la salud humanas en un régimen donde impera el individualismo.
Qué bueno que el cuidado a los animales enfermos sea magnífico –decía Gandhi que la elevación espiritual de un ser humano y de un pueblo puede medirse por su trato a los animales–; lo que es francamente criticable, pero desgraciadamente ostensible, es el trato que se da a las gentes. El respeto por el bienestar del hombre y el bienestar animal no son excluyentes

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