No sabemos, desde luego, cuándo las palabras de Trump pasarán a ser hechos. Pero esas tareas se antojan colosales. Y su puesta en práctica requiere de mucho tiempo y de un conjunto de recursos y aliados políticos que no se ven por ninguna parte.
Pero lo que si se ve es el conglomerado de obstáculos y adversarios de esos propósitos. Y no sólo eso, sino el también colosal conjunto de enemigos de otros objetivos del magnate y del magnate mismo.
Trump está enfrentado con los grandes medios de comunicación impresos y audiovisuales de su país y tiene en contra a Hollywood, la industria planetaria de los sueños. Dicho en otras palabras, no cuenta con esos dos grandes y tradicionales voceros y reproductores de la ideología y la política de Washington.
Por ejemplo: para desatar los bombardeos masivos contra Vietnam del Norte, Laos y Cambodia, Washington fabricó el incidente del golfo de Tonkín y contó con la complicidad de los medios y de Hollywood para su masiva difusión y así lograr el apoyo de la opinión pública local y planetaria. Y más cerca en el tiempo, el pequeño Bush hizo estrellar dos aviones contra las Torres Gemelas para desatar la guerra contra Irak y Afganistán. Y fueron igualmente los medios y la industria del cine los encargados de justificar esas atroces guerras todavía vigentes.
En el frente antitrump, asimismo, están las iglesias más combativas y comprometidas. Y suman decenas o centenas de millones las mujeres de toda edad, raza, religión y condición social que se oponen combativamente a los designios trumpianos. Y se enfrentan al magnate, igualmente, las comunidades latina, afroamericana, oriental, musulmana y de piel roja.
Y por si todo esto fuera poco, Trump tiene también en contra a la comunidad de inteligencia y a la policía política. Y lo mismo puede decirse de muchos gobernadores y alcaldes. Es constante y constatable la labor de zapa de esas instituciones y agencias a los deseos y decisiones del multimillonario.
Parece infinita la lista de enemigos de Trump y de sus actos de gobierno. Pero también parece que el principal enemigo de Trump se llama Donald Trump. Cada vez que abre la boca y emite una orden ejecutiva genera más adversarios y oposiciones.
No podría decirse, además, que Trump cuenta al menos con suficientes jueces o tribunales dóciles. Y tampoco tiene al Congreso de su lado. Y la prueba está en el permanente uso de las órdenes ejecutivas, una especie estadounidense de lo que en otros lares se llama “gobernar por decreto”, un típico recurso legal y político de los gobiernos maniatados y acorralados por sus opositores.

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