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martes, 29 de julio de 2025

Las escaleras se barren de arriba para abajo: La Barredora



Fernando Schütte Elguero

Lo que hoy sacude a Morena por el caso de Hernán Bermúdez Requena (exsecretario de Seguridad de Tabasco y hombre de absoluta confianza de Adán Augusto López) no es un escándalo aislado ni un golpe mediático pasajero. Es una radiografía brutal de cómo el poder se corrompe cuando la ética se reduce a un eslogan vacío. Morena construyó su narrativa sobre la idea de ser distinto (de romper con los pactos oscuros y con la impunidad que marcó a otros partidos), pero la realidad golpea con una crudeza imposible de ignorar: Bermúdez Requena, acusado de vínculos con el grupo criminal ligado al CJNG conocido como “La Barredora” y con una orden de aprehensión respaldada por Interpol, es el rostro más reciente de una podredumbre que se pretendía enterrada, pero que el partido prefirió solapar o no ver.

La percepción pública es devastadora. A los ciudadanos ya no los convencen las declaraciones tibias ni las promesas de “no encubriremos a nadie”. Lo que la gente ve es un partido fracturado (donde las facciones internas se devoran entre sí para salvar sus cuotas de poder). Y lo que observa, con una mezcla de indignación y escepticismo, es que Adán Augusto López se ha convertido en un lastre político, rodeado de sospechas que amenazan con hundir no solo su carrera, sino también con arrastrar a Morena hacia un precipicio de descrédito.

Lo más grave es que esta crisis refleja los verdaderos liderazgos de Morena (los que se mueven en la sombra, no los que suben al templete en los mítines). El partido que se prometió como una maquinaria unida empieza a mostrar grietas profundas. Hay grupos que no disimulan su distancia de Adán Augusto, otros que huelen sangre y se preparan para ocupar los espacios de poder que dejen vacíos las caídas de sus adversarios internos.

Esta crisis no es solo moral o mediática: tendrá consecuencias políticas y electorales. Morena puede seguir apareciendo en primer lugar en las encuestas, pero la memoria del votante es peligrosa. Cada revelación de narcopolítica, cada silencio cómplice y cada traición interna se acumula como veneno lento. La sociedad mexicana ya ha demostrado que puede castigar con severidad a los gobiernos que traicionan la confianza ciudadana, y Morena no será la excepción si continúa por este camino.

Además, la guerra interna por el control del partido deja ver lo que hasta hace poco parecía impensable: escisiones reales, rupturas silenciosas y movimientos subterráneos que podrían fragmentar el proyecto de la Cuarta Transformación. Los liderazgos emergentes no luchan por un ideal, sino por cuotas de poder. Y en ese fuego cruzado, los valores y promesas de campaña quedan enterrados.

No es la derecha ni los medios quienes están destruyendo a Morena. Es su propia soberbia, su incapacidad de autocrítica y su pacto con el silencio lo que lo está llevando al borde del precipicio. Si Morena no limpia su casa desde arriba, como dicta el viejo dicho, el pueblo se encargará de barrerlos con el voto.

@FSchutte

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