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martes, 1 de enero de 2019

Nostalgia del Porvenir / El lenguaje musical y la música de las palabras

Fernando Amerlinck

Acapulco, 31 de diciembre de 2018

Me he dedicado en mi vida a una de mis pasiones, el lenguaje. Lo he pensado y estudiado, independientemente de mi apasionante habla española (lo más profundo que sé del fenómeno del lenguaje lo he aprendido en inglés). Lo he practicado gustosamente en la conversación y la escritura, y comparto con el resto de mi especie el lenguaje como eso que genera la acción humana y la cultura y hasta la locura. He aprendido también cómo, en el lenguaje, los seres humanos nos asumimos y distinguimos como humanos, a diferencia del resto de la Creación.

Así como de lenguaje me considero un aprendiz consciente (y a ratos un poco más) nada sé de gramática. La detesté en la primaria y secundaria casi tanto como lo por mi más odiado: las matemáticas. Nunca nadie me dijo claramente para qué servían. ¿Qué me importaba saber para qué es un adverbio o una preposición, o para que sirve la descomposición factorial o las derivadas o el cálculo diferencial? Al decir esto, corro el riesgo de que me increpe un conocedor. Ni modo. Me sirvió de lo mismo que saber que hay plantas fanerógamas y criptógamas. Vaya “aprendizaje” vacío e inútil. Vaya muestra del fraude educativo. Vaya desperdicio de tiempo, de energía, de angustias en la etapa formativa de mi existencia (que con grandísimo esfuerzo, tuve que desaprender a partir de la cota medianera de mi vida, 1986).

Mucho he escrito y publicado sobre el lenguaje y sus infinitas derivaciones pero no recuerdo haberme ocupado en un escrito de otro sonido, otra pasión que llena mis días, mis silencios, mis pensamientos, y desde mi infancia me acompaña a todas partes: la música, otra manifestación tan exclusivamente humana como el lenguaje.

Los sonidos musicales no me dejan, ni siquiera cuando estoy solo y en silencio. Todo el tiempo traigo una pieza pegada en la zona limítrofe de la consciencia, aunque inútilmente pretenda meditar poniendo la mente en blanco. Siempre en mis 16 o 18 horas despierto, y a veces en mis sueños, traigo una pieza musical encima. El sonido no me deja nunca.

No concibo nada más humano, ni lenguaje más universal. Mi amigo y maestro Raúl Hellmer, folklorista padre de todos ellos a principios de los sesentayocheros setentas, abrigaba el ideal de unir a los pueblos mediante la música. Conocía perfectamente su calidad de lenguaje universal cuando merodeaba por los pueblos de Michoacán. Morelos o Veracruz inmortalizando sones populares en su grabadora suiza Nagra, que reproducía en su jarana de madera clara fabricada en Cosamaleapan. Vaya tipazo inolvidable, hippie renacentista que en su nueva vida estará como yo, lleno de música.

A Beethoven le debo más de lo que puedo expresar, especialmente en una conversación sobre él hace 44 años al abrigo de Toulouse Lautrec; algo de lo más importante que habré hecho, y pocos conocen. Quizá podría dirigir la Novena de puro oído; para mí, la obra cumbre de la humanidad: una sinfonía tan enorme, que parece describir de principio a fin los avatares de la existencia humana. Es tan numerosa la 9ª a la música como la Capilla Sixtina, y los cuartetos de cuerda a la pintura de caballete. Ni siquiera Schubert le llega a los cuartetos de Beethoven, al que veo como una de las mejores muestras de cómo la humanidad puede alcanzar el nivel divino de los ángeles. Si pudiera subirme a una máquina del tiempo, mi primera opción sería ver en Viena una improvisación pianística del gran Ludwig van.

De Amadeus me asombran sus óperas y ciertos pasajes en que de plano llega al plano celestial, que comparte con el inmenso Wagner; en Parsifal parece también él haber encontrado el Santo Grial. De muy pocos puedo decir algo así. Y por favor, hay que agregar en la lista a Bach y Händel, especialmente en una época navideña y de solsticios y fenómenos que evocan un nuevo comienzo.

Que me perdonen los puristas pero (sin dejar de reconocer que es Juan Sebastián el mero jícamas del oficio musical, papasfritas de todos ellos) encuentro en los oratorios de Händel muestras inalcanzables de espiritualidad y maestría; el aprendiz Georg Friedrich se montó en los hombros de su maestro para erigirse en gigante. Y concuerdo con mi amigo René Platini en que a partir de la revolución francesa (cosa que también le había leído a Colin Wilson) la música tomó un carácter más mortecino, difícil, negativo, conflictivo luego de esa terrible conflagración. Un poco como el mundo…

No hay manera de abarcar siquiera medianamente el inmenso, infinito tema de la música. Me baste por ahora decir que su efecto en el cuerpo es tan evidente como indefinible. No puedo expresar en letras ese impacto, cosa que vanamente buscan los mayores poetas para evocar lo que sienten en su estómago, en sus suspirantes pulmones, en su ser y hasta en su aura. Es como la experiencia de la libertad para

Mario Vargas Llosa: nada es más difícil que evocarla, a menos que nos la arrebaten.

¿Y qué decir del amor? ¿Del asombro? ¿De la experiencia de lo divino en la epidermis, donde quien sepa distinguirla siente la presencia indefinible de la divinidad y de su esencia: el amor? Pretender explicarlo es casi como tratar, arrogantemente, de concitar una emoción musical sólo hablando. Espero tu compasión al tratar de escribir sobre este inexpresable tema.

Regresando a la tierra, espero que el nuevo gobierno federal no pretenda trastocar el carácter de Radio Imer, 94.5 FM, compañía cotidiana que ayuda (con Spotify y más medios electrónicos) a que nunca jamás hayamos tenido tanto acceso a la música. Sería una pérdida que el pejegobierno pretendiera una estación lumpenizada de cultura “popular” y despidan al magnífico personal, entre ellos el mejor conocedor de ópera en México (Sergio Vela) o supriman el dominical Música para Dios del finado Ernesto de la Peña, que se despedía deseándonos “todos los privilegios de la vida”.

Es éso, todos los privilegios de la vida, lo que deseo para mis amigos y para mi muy unitario y desocupado lector, seas mujer o varón. No pretendo, como el gran Catón, tener cuatro lectores. Eres sólo uno y para ti pergeño estas líneas; persona individual que ingenuamente espero leas esto que escribo. Para ti, y para nadie más; y para todos los demás, que no estarán de más. Que el 2019 sea menos difícil; que el 2019 sea un año lleno de música.

lunes, 24 de diciembre de 2018

Nostalgia del Porvenir / La Cuarta Transportación

Fernando Amerlinck

El tren devoraba el acero de la vía desde hacía ya mucho tiempo, cada vez a más velocidad. Tan rápido iba que algunos pasajeros pidieron al maquinista aminorar un poco su paso, no fuera a pasar lo que a La maquinita:

El tren que corría por el ancha vía de pronto se fue a estrellar / Contra un aeroplano que andaba en el llano volando sin descansar / Quedó el maquinista con las tripas fuera mirando p'al aviador / Que ya sin cabeza buscaba un sombrero para taparse del sol.

A bordo viajaba un maquinista opositor, que ya llevaba mucho tiempo criticando al conductor y diciendo que el tren iba a chocar y era una pesadilla. Arengó a los pasajeros y de plano decidió meter un frenón, tras convencerlos de que el tren iba viajando en sentido contrario al correcto. Él sí miraba hacia adelante.

Claro. Ese maquinista viajaba en el cabús del tren y veía angustiado cómo el territorio se alejaba, y con la distancia se iba haciendo chiquito. Desaparecían con cada vuelta de las ruedas aquellos felices parajes que había conocido en su infancia y adolescencia; apenas se columbraban allá, lejos, casi invisibles en el horizonte. Había riesgo de abandonarlos para siempre, y eso no era cosa que un amante del progreso pudiera permitir.

Así el nuevo maquinista, con apoyo de más de la mitad de los pasajeros, decidió meter freno y restaurar el idílico período de la más orgullosa historia de los viajes, cuando abundaba el petróleo, los gansos no se cansaban y la Madre Tierra no se quejaba: la Patria era el maíz. El frenón fue seco, pero sorprendentemente calmo y sin mayores aspavientos.

Tras recalentar sus calderas ahora sí avanza el tren en dirección inversa, pues los únicos pasajeros aceptables son progresistas y abominan de los viajeros conservadores que hicieron un modelo ferrocarrilero neoliberal. En esta nueva era la locomotora acelera rumbo al paraíso perdido; a un desarrollo ferroviario estabilizador manejado por un solo tren que camina un solo itinerario con un maquinista vitalicio.

Ese maquinista pareció consultar a algunos pasajeros amantes del tren, que además simboliza la gesta patriótica contra la dictadura; señeras locomotoras haciendo chucu chucu transportaron a las tropas revolucionarias, desde el apóstol Madero hasta los constitucionalistas de Querétaro. Quedaron descartados en esa consulta los neoliberales aviones, que sólo a ricos y turistas extranjeros sirven. Peor aún: necesitan aeropuertos de relumbrón que no respetan a los patos. El tren es la única respuesta, fuera y dentro de la tierra maya.

La locomotora es de vapor por ser ecológica; los vagones son de moderno acero y el cabús, amueblado por don Porfirio (desde donde maneja el nuevo maquinista), es un portento de austeridad. En cuanto a los pasajeros, tienen preferencia los que viajan gratis porque para bien de todos, primero los lúmpenes que se subieron en la última estación y ocupan ya las butacas y curules donde se sentaban lsos privilegiados indeseables que costaban demasiado; los bajaron a patadas al andén. A varios empleados los están aventando desde el tren en marcha porque no están en el Sindicato Único Ferrocarrilero. Y en la estación subieron al furgón de carga una aplanadora, nomás para lo que se ofrezca.

Bien se sabe que en transportación ha habido tres fases. La primera se basaba en carrozas, diligencias, carromatos, berlinas, calesas, cabriolés, birlochos y demás carros de cuatro ruedas tirados por caballos; en ellos viajaba el cura Hidalgo. En la segunda, el país estaba tan achicado y empobrecido por las guerras y la Reforma que no alcanzaba para ruedas, sólo para burros, mulas, pencos, jamelgos y caballos (Juárez, con su singular acceso a los fondos públicos, sí tuvo un mítico carruaje en que en que “iba cargando a la Patria”, en que viajó hacia una telenovela de bronce). La tercera época del transporte público vino con los ferrocarriles, símbolo de la Revolución (varios historiadores neoliberales dicen que son obra de Porfirio Díaz). La Cuarta Transportación (4T) ocurre cuando los ferrocarriles se manejan en reversa desde el cabús al compás de una ideología progresista anticonservadora que conserva lo pasado y lo preserva para ya no cambiar.

Ese tren rueda veloz por rieles ya conocidos porque hay prisa por restaurar lo antiguo y traer de regreso el progreso progresista a la vanguardia de la retaguardia que abomina del conservadurismo neoliberal para conservar entusiastamente el paleolítico preneoliberal. Y así la máquina sigue, pita, pita y caminando.

miércoles, 6 de junio de 2018

Nostalgia del Porvenir / Siglo XXI… ¿adónde te fuiste?

Fernando Amerlinck

El siglo XXI, me parece, ya se acabó. Como que fue un ensayo fallido de la historia este período decepcionante, mortecino, fracasado, temeroso, mediocre y mayormente absurdo. ¿Será viable un tiempo nuevo que no se parezca a este?

El siglo XX comenzó en 1914 con la Gran Guerra “para acabar con todas las guerras” ¡sí Chucha! y terminó en 1991 cuando cayó por tierra la Unión Soviética, dos años después de derrumbarse el muro de Berlín. Fueron 87 años de asaltos estatales, guerras, guerrillas y revoluciones impulsadas por psicópatas, asesinos y ladrones que por primera vez se legitimaron con ideas de beneficio colectivo a precio de la vida de mucho más de cien millones de inocentes, varones y mujeres, niños y ancianos, civiles y soldados. El primer legitimador de tales delitos simboliza al siglo: Lenin supo purificar su ambición de poder absoluto con la ideología marxista y así creó algo muy nuevo: el estado totalitario. Higienizó el crimen absoluto contra la noción misma de persona individual con una ideología benefactora, una ideocracia totalitaria. Para “beneficio” de todos, el colectivismo mató y esclavizó a millones.

Los seguidores de Lenin son legión en toda latitud y geometría desde Mussolini, Stalin y Hitler hasta Fidel Castro, Kim Jong-un y Nicolás Maduro. Al despuntar el siglo XXI (salvo en Cuba y Corea del Norte) la humanidad parecía haberse liberado del fantasma que Marx lanzó desde 1848 a recorrer el mundo, guadaña en mano, lavando con su catecismo toda hez de cámaras de tortura, Gulags, campos de exterminio y pelotones de fusilamiento. En 1996 escribí esto: “El siglo XX (tiempo de hornos de gas, proyectos nacionalistas, campos de concentración, ingeniería social, exterminio racial y clasista, desprestigio de la persona, estatismo, gas mostaza, nacionalismo, tortura política, hospitales psiquiátricos) ha terminado”.

Parecía haberse estabilizado lo que Vargas Llosa llama Cultura de la Libertad mientras, bajo auspicios acuarianos y pulsiones milenarias, reverdecía el calendario y amaneció un nuevo siglo en el 2001: una odisea planetaria.

No duró mucho mi optimismo. Desde Nueva York el 11 de septiembre de ese año el mundo entró en curiosos movimientos que contradicen de punta a cabo aquél huracán libertario que pareció enterrar las pulsiones colectivistas, populistas, nacionalistas y criminales de los enemigos de la libertad y del individuo soberano.

Con el purificante ropaje de la corrección política se han relegitimado los ataques a la libertad ajena y la libre opinión. Resucitan los particularismos culturales, los demagogos, los amantes de los caudillos, los nihilistas que abjuran de la cultura del Siglo de las Luces y desdeñan valores occidentales que clavan sus orígenes en la escolástica, Salamanca y los moralistas escoceses. Los anarquistas se confunden con la destrucción de lo ajeno y en su mayor parte, anima a los votantes el miedo y la furia, la frustración y la suspicacia, la desconfianza ingenua, el odio; en el Twitter campea un ácido resentimiento y acusaciones contra culpables que siempre son otros.

El movimiento británico contra la Unión Europea provino más de un nacionalismo primitivo que de un genuino empeño por liberarse del yugo burocrático de Bruselas. El triunfo electoral del atávico y primario Trump tampoco fue muy motivado por un ánimo así (hay que agregar que su adversaria también era impresentable) pero fue significativo el empuje del socialista Bernie Sanders, increíble para un país que nació por y para la libertad individual.

En Europa, tras balcanizarse los Balcanes se balcaniza todo el continente, con pulsiones del más chato y vetusto nacionalismo y particularismo. En Italia y España ganan posiciones los más anticuados socialistas; Francia estuvo a un tris de que ganara una mujer extremista y radical. Los escoceses quieren su propia nación, como los galeses e irlandeses del norte y los flamencos en Bélgica.

Esa vieja Europa reniega hoy de su origen en el Cristianismo, que por primera vez habló de la dignidad de las mujeres y la persona. Gana fuerza allí la religión musulmana, jamás amiga de la libertad y el individuo, y mucho menos de las mujeres.

En el traspatio llamado Iberoamérica tampoco hacemos malos quesos. Ya es vieja la historia de Cuba pero no lo es tanto la Venezuela de Chávez y Maduro. Y veamos a Brasil, Argentina, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y desde luego, México: ¡Que se vayan todos! (para que regresen los priistas de los 60 y 70). Atrae a demasiados una oferta arcaica que pretende la cuarta transformación nacional, tras épocas aciagas que costaron la vida a millones de mexicanos. Es condena juvenil (en México y todas partes) tras tres o cuatro generaciones desdeñar las historias de sus ancestros que conocieron de cerca la tragedia de las guerras y las revoluciones, y suponer que lo que ellos no han conocido, no ocurrirá.

En Occidente —salvo los que trabajan en empresas productivas— demasiados se enfrascan en guerras contra sí mismos y contra sus gobiernos pero claro que a favor del control gubernamental y de sus dádivas; contra la libertad de empresa y la opinión discordante si les suena incorrecta; el miedo al futuro y a la tecnología; el caudillismo, las conversaciones pequeñas sobre temas pequeños, la cerrazón a lo extranjero, el nacionalismo ramplón, la suspicacia al otro, la primacía de la opinión. Y ante todo, el miedo a la libertad y a sus retos. Los epítetos y calificativos sustituyen a la sustancia: izquierda, derecha, mafia del poder, minoría rapaz, neoliberalismo, estado de bienestar, salario digno, apoyo social y de una vez todo lo que se apellide “social”.

Mientras, en el otro lado del globo resurgen los grandes imperios. China restaura su antigua dinastía, acumula oro y usa su moneda para el petróleo. En Rusia hay un nuevo zar con un poder bélico quizá superior al de EEUU, país exhausto en sus pequeñeces internas y cerrazones aldeanas y con un sistema monetario que no subsistirá por mucho más tiempo. El otrora omnipotente dólar correrá el destino de toda moneda fiduciaria: la decadencia, la irrelevancia y la extinción. Nada que ver (ojo con China) con una moneda respaldada en el eterno valor del oro.

El mundo futuro (oriental, principalmente) no comparte los valores que dieron a Occidente sus mayores luces: la noción del individuo, su dignidad, su libertad, su derecho al fruto de su trabajo y a poseer propiedad. No resucitarán los grandes imperios occidentales (España, Portugal, Gran Bretaña, Austria-Hungría, Estados Unidos) enfrascados en nacionalismos chatos y corrección política, abjurando en los hechos de los valores liberales que les dieron sentido. Ceden así la plaza mundial a los imperios ruso y chino, que nada tuvieron que ver con esa cultura. De los grandes de Asia, sólo conservan algo de la tradición liberal inglesa la enorme India y el grandioso pero pequeñísimo Singapur.

Con todo ello, parece haberse tragado la tierra al esperanzador siglo XXI. ¿Adónde se ha ido? ¿Quién lo irá a buscar? ¿Hay manera de reinventar el tiempo futuro ante este tsunami de descalificaciones, populismos, caudillismos, cerrazones, opiniones, miedos y suspicacias?

martes, 5 de junio de 2018

Nostalgia del porvenir / Siglo XXI… ¿a dónde te fuiste?

Fernando Amerlinck

El siglo XXI, me parece, ya se acabó. Como que fue un ensayo fallido de la historia este período decepcionante, mortecino, fracasado, temeroso, mediocre y mayormente absurdo. ¿Será viable un tiempo nuevo que no se parezca a este?

El siglo XX comenzó en 1914 con la Gran Guerra “para acabar con todas las guerras” ¡sí Chucha! y terminó en 1991 cuando cayó por tierra la Unión Soviética, dos años después de derrumbarse el muro de Berlín. Fueron 87 años de asaltos estatales, guerras, guerrillas y revoluciones impulsadas por psicópatas, asesinos y ladrones que por primera vez se legitimaron con ideas de beneficio colectivo a precio de la vida de mucho más de cien millones de inocentes, varones y mujeres, niños y ancianos, civiles y soldados. El primer legitimador de tales delitos simboliza al siglo: Lenin supo purificar su ambición de poder absoluto con la ideología marxista y así creó algo muy nuevo: el estado totalitario. Higienizó el crimen absoluto contra la noción misma de persona individual con una ideología benefactora, una ideocracia totalitaria. Para “beneficio” de todos, el colectivismo mató y esclavizó a millones.

Los seguidores de Lenin son legión en toda latitud y geometría desde Mussolini, Stalin y Hitler hasta Fidel Castro, Kim Jong-un y Nicolás Maduro. Al despuntar el siglo XXI (salvo en Cuba y Corea del Norte) la humanidad parecía haberse liberado del fantasma que Marx lanzó desde 1848 a recorrer el mundo, guadaña en mano, lavando con su catecismo toda hez de cámaras de tortura, Gulags, campos de exterminio y pelotones de fusilamiento. En 1996 escribí esto: “El siglo XX (tiempo de hornos de gas, proyectos nacionalistas, campos de concentración, ingeniería social, exterminio racial y clasista, desprestigio de la persona, estatismo, gas mostaza, nacionalismo, tortura política, hospitales psiquiátricos) ha terminado”.

Parecía haberse estabilizado lo que Vargas Llosa llama Cultura de la Libertad mientras, bajo auspicios acuarianos y pulsiones milenarias, reverdecía el calendario y amaneció un nuevo siglo en el 2001: una odisea planetaria.

No duró mucho mi optimismo. Desde Nueva York el 11 de septiembre de ese año el mundo entró en curiosos movimientos que contradicen de punta a cabo aquél huracán libertario que pareció enterrar las pulsiones colectivistas, populistas, nacionalistas y criminales de los enemigos de la libertad y del individuo soberano.

Con el purificante ropaje de la corrección política se han relegitimado los ataques a la libertad ajena y la libre opinión. Resucitan los particularismos culturales, los demagogos, los amantes de los caudillos, los nihilistas que abjuran de la cultura del Siglo de las Luces y desdeñan valores occidentales que clavan sus orígenes en la escolástica, Salamanca y los moralistas escoceses. Los anarquistas se confunden con la destrucción de lo ajeno y en su mayor parte, anima a los votantes el miedo y la furia, la frustración y la suspicacia, la desconfianza ingenua, el odio; en el Twitter campea un ácido resentimiento y acusaciones contra culpables que siempre son otros.

El movimiento británico contra la Unión Europea provino más de un nacionalismo primitivo que de un genuino empeño por liberarse del yugo burocrático de Bruselas. El triunfo electoral del atávico y primario Trump tampoco fue muy motivado por un ánimo así (hay que agregar que su adversaria también era impresentable) pero fue significativo el empuje del socialista Bernie Sanders, increíble para un país que nació por y para la libertad individual.

En Europa, tras balcanizarse los Balcanes se balcaniza todo el continente, con pulsiones del más chato y vetusto nacionalismo y particularismo. En Italia y España ganan posiciones los más anticuados socialistas; Francia estuvo a un tris de que ganara una mujer extremista y radical. Los escoceses quieren su propia nación, como los galeses e irlandeses del norte y los flamencos en Bélgica.

Esa vieja Europa reniega hoy de su origen en el Cristianismo, que por primera vez habló de la dignidad de las mujeres y la persona. Gana fuerza allí la religión musulmana, jamás amiga de la libertad y el individuo, y mucho menos de las mujeres.

En el traspatio llamado Iberoamérica tampoco hacemos malos quesos. Ya es vieja la historia de Cuba pero no lo es tanto la Venezuela de Chávez y Maduro. Y veamos a Brasil, Argentina, Bolivia, Nicaragua, Ecuador y desde luego, México: ¡Que se vayan todos! (para que regresen los priistas de los 60 y 70). Atrae a demasiados una oferta arcaica que pretende la cuarta transformación nacional, tras épocas aciagas que costaron la vida a millones de mexicanos. Es condena juvenil (en México y todas partes) tras tres o cuatro generaciones desdeñar las historias de sus ancestros que conocieron de cerca la tragedia de las guerras y las revoluciones, y suponer que lo que ellos no han conocido, no ocurrirá.

En Occidente —salvo los que trabajan en empresas productivas— demasiados se enfrascan en guerras contra sí mismos y contra sus gobiernos pero claro que a favor del control gubernamental y de sus dádivas; contra la libertad de empresa y la opinión discordante si les suena incorrecta; el miedo al futuro y a la tecnología; el caudillismo, las conversaciones pequeñas sobre temas pequeños, la cerrazón a lo extranjero, el nacionalismo ramplón, la suspicacia al otro, la primacía de la opinión. Y ante todo, el miedo a la libertad y a sus retos. Los epítetos y calificativos sustituyen a la sustancia: izquierda, derecha, mafia del poder, minoría rapaz, neoliberalismo, estado de bienestar, salario digno, apoyo social y de una vez todo lo que se apellide “social”.

Mientras, en el otro lado del globo resurgen los grandes imperios. China restaura su antigua dinastía, acumula oro y usa su moneda para el petróleo. En Rusia hay un nuevo zar con un poder bélico quizá superior al de EEUU, país exhausto en sus pequeñeces internas y cerrazones aldeanas y con un sistema monetario que no subsistirá por mucho más tiempo. El otrora omnipotente dólar correrá el destino de toda moneda fiduciaria: la decadencia, la irrelevancia y la extinción. Nada que ver (ojo con China) con una moneda respaldada en el eterno valor del oro.

El mundo futuro (oriental, principalmente) no comparte los valores que dieron a Occidente sus mayores luces: la noción del individuo, su dignidad, su libertad, su derecho al fruto de su trabajo y a poseer propiedad. No resucitarán los grandes imperios occidentales (España, Portugal, Gran Bretaña, Austria-Hungría, Estados Unidos) enfrascados en nacionalismos chatos y corrección política, abjurando en los hechos de los valores liberales que les dieron sentido. Ceden así la plaza mundial a los imperios ruso y chino, que nada tuvieron que ver con esa cultura. De los grandes de Asia, sólo conservan algo de la tradición liberal inglesa la enorme India y el grandioso pero pequeñísimo Singapur.

Con todo ello, parece haberse tragado la tierra al esperanzador siglo XXI. ¿Adónde se ha ido? ¿Quién lo irá a buscar? ¿Hay manera de reinventar el tiempo futuro ante este tsunami de descalificaciones, populismos, caudillismos, cerrazones, opiniones, miedos y suspicacias?

lunes, 23 de abril de 2018

Nostalgia del Porvenir / a) ¡Ya llegué! b) ¡Me robaron!

Fernando Amerlinck

Hay en nuestro panorama inmediato dos certezas. La primera: proclaman, a veces no muy calladamente “¡Ya verán cuando yo llegue!” cuando acarician la mexicanísima cultura del “¡Ya llegué!”. Me toca a mí robar. Abusar. Desquitarme. Atacar. Quedarme aquí y ya no moverme. ¡Para eso es el poder! ¡¡¡Hacerlos pagar, jijos de su æ@$ª*%&æƒ∂€!!!! ¡Y viva lo que arrebato!

“Ya llegué” o “Me robaron”. El mero mero les ha dado la instrucción: “El que suelte el tigre que lo amarre. Ya no voy a estar deteniendo a la gente luego de un fraude electoral. Así de claro”.
A sus hijos entenados los tigrillos, el pejelagarto los tiene bien entrenados. No hace falta soltarlos porque ya están sueltos, y no ahora sino al menos desde 2006, o acaso desde cuando se entrenaba en invadir pozos petroleros.

Esos tigrillos con afilados colmillos y bien financiado alimento, operan desde las redes sociales hasta algún avión donde viaje un expresidente. Corean por su peje cuando ven a Meade comiendo tacos o —mientras su jefe promete respetar la libertad de expresión— intimidan físicamente a periodistas críticos y los insultan con bots y troles en las redes. Estemos tranquilos si así de bien respetará la libertad de empresa o la libertad de educación o la libertad individual. Confiemos en que este juarista respetará el patrimonio y el derecho ajeno. Por ello, habrá paz. ¿Así de claro?

Quién sabe… No sólo los tigrillos enseñan las uñas. El emisario internacional de Morena John Ackerman (Open Society Institute de George Soros, Ebrard, Clinton etc.) hace suyo esto: “La única manera de que haya un cambio pacífico es con López Obrador. Si nos vuelven a robar la elección, va a haber chingadazos”. Así de claro.

Desde sus cercano-lejanos tiempos, Luis Echeverría logró imponer algo que se había apaciguado: el odio entre mexicanos, el encono entre clases, la acusación de los empresarios como enemigos abusivos y rapaces, la santificación del estatista como único virtuoso. El huevo de esa serpiente ha germinado en un México del rencor y el desquite con ese priista de la vieja escuela llamado Andrés Manuel. Los

arsenales de agravios y las amenazas de revancha están a flor de piel entre demasiados a los que ha “educado” a denunciar la democracia como fraude, ante la certeza de que sólo puede haber legitimidad cuando él gana y las únicas encuestas no cuchareadas son las que le dan mayoría.

Aparte del “Ya llegué” estemos ciertos de que si no alcanza suficientes votos, tigres y tigrillos, serpientes y pejelagartos se soltarán a calles y plazas a atacar el derecho ajeno y robar la propiedad ajena porque “¡Me robaron!”. Ya les dio la orden. Así de claro.

Vivirá poco quien no vea en plena acción esas fuerzas de rencor y odio, encauzadas y propiciadas por una sola persona que conoce todos los municipios y las entrañas del México más profundo.

Por si nos hiciera falta otro suicidio nacional, él mismo habla de una cuarta “transformación” de México luego de las guerras civiles de independencia, reforma y revolución (las tres para perjuicio nacional y provecho de Estados Unidos). En un país cuyo gobierno ya no controla grandes franjas de territorio, hoy en manos criminales, este señor que insulta al Ejército convoca a una confrontación que puede preludiar otra guerra civil. Y ello tras destruir nuestra incipiente democracia con igual eficacia que Victoriano Huerta al matar a Madero.

Habrá que averiguar cuál escenario de gran certeza preferir: una degradación política y rapiña como no veíamos desde Álvaro Obregón con los del “Ya llegué”, o la violencia de los “robados”; digan lo que digan los votos, los recuentos, los observadores internacionales, el INE o el Tribunal Electoral. No hay derrota legítima y el pueblo bueno no se equivoca. Adelante mis tigres y tigrillos, que si pierdo será por fraude. Así de claro.

Habrá que ver de qué estamos hechos los ciudadanos libres que no estamos dispuestos a que nos roben nuestro patrimonio y libertades, perder nuestra frágil paz e imperfectísimo estado de derecho. Habrá que ver de qué tamaño son las fuerzas del Estado nacional para proteger a millones de votantes libres, la integridad de México y, de plano, nuestra relevancia como nación.

lunes, 2 de abril de 2018

Nostalgia del Porvenir / La verdadera regeneración nacional

Fernando Amerlinck

Escribo el día de la resurrección, fecha evocadora de una nueva esperanza. Para la civilización que tuvo su origen en el cristianismo y con él inicia su cronología, la Pascua es una fiesta mayor que la Navidad: no es lo mismo nacer que renacer. No es lo mismo entrar a la vida que triunfar sobre la muerte.

Soy pésimo practicante pero creyente profundo en cosas esenciales como esta, que sirven para mejorar la vida real al construir un ánimo de renacimiento, reparación, redención, rediseño, regeneración.

Eso vale para mí pero más para mi país. A México no sólo le hace falta sino que de plano le urge hacer renacer sus esperanzas y visión de posibilidades, pero no con un engañoso movimiento de “regeneración” nacional (eso quiere decir Morena) centrado en un solo hombre. Hace falta una auténtica regeneración pero nacional, no personalista; y mucho menos, caudillista. No hay regeneración si la encarna un caudillo. Regeneración rima con degeneración, que vendría si este país regresara al caudillismo que nos desposeyó de larguísimos períodos de nuestra historia y nos cobró una brutal cuota de sangre.

No necesitamos un cuarto movimiento que reedite la sangrienta guerra de independencia, la guerra de reforma, u otra revolución que mande a la tumba a un millón de mexicanos, todo para principal provecho de Estados Unidos. No nos hace falta división nacional ni odio de clases. No otro caudillo al que le fascina la confrontación y se opone a lo que sea con tal de que se hable de él e imponer la agenda periodística: desde confrontar a Fox con el horario de verano, hasta oponerse al aeropuerto y los contratos petroleros (dice que los quiere “revisar”, cosa que no ha hecho aunque estén en internet). Y amenaza con anular cuanto pueda catapultar a México hacia un futuro de amplísimas posibilidades.

El necio más necio será el que se equivoque de pelea y pretenda combatir con razones al que sólo quiere confrontamientos y reflectores. Más puede un burro negando que Santo Tomás probando, decía mi padre.

No nos hace falta alguien así para construir un futuro de verdadera regeneración nacional para afrontar lo que se nos viene encima: un tsunami de retos y riesgos, cambios y posibilidades que podría hacer de México lo que ya está llegando a ser: una potencia. Estamos a poco tiempo de ser por fin un país decente para vivir en él y preferirlo para construir carreras y formar familias.

Tampoco logrará algo así uno que para llegar a la candidatura dejó un reguero de cadáveres políticos tras destruir a un partido que conoció mejores tiempos y más limpios líderes. Ricardo Anaya no es Manuel Clouthier o Carlos Castillo Peraza, gente de honor que seguía ante todo la ética panista, no hacía negocios raros y nunca lastimó a su partido.

Ante dos contumaces ambiciosos de poder presidencial que para estar donde están dejaron tanto tirado en el camino, sólo hay una alternativa. Un candidato al que no se le conoce trastupije alguno, que ha demostrado ser competente, hombre estable de serena conducta personal y familiar. José Antonio Meade es un peso completo; el mejor prospecto para conducir este país adonde merece estar.

Para gobernar una nación hace falta carácter, capacidad, honradez, visión, experiencia. El carisma sólo es un barniz, poco útil para el hombre responsable que haya de cumplir competentemente como timonel.

Avizorar a Meade como presidente, y antes de eso, como triunfador, es difícil para quien se crea que unas encuestas hechas antes de que comenzaran las campañas, ya son un resultado fatalmente decidido. Contra tanta resignación, urge un ánimo de ambición por lo que evidentemente SÍ le conviene a la nación.

No es inteligente aventarse a la lumbre porque la sartén está caliente pero es comprensible ante tanta y tan justificada indignación por la delincuencia gubernamental (la llaman corrupción), la inseguridad y la violencia. No combatirá eso quien prefiere pactar con los criminales y que hablándoles bonito los va a corregir; o aliarse con ladrones sindicales a precio de arruinar la educación. No podremos montarnos en la cresta de la historia sólo viendo el espejo retrovisor. Sólo podrá interesarle votar así al que le cuadre resignarse con tal mediocridad.

Tampoco conviene el ánimo de odio, confrontación y división que es la naturaleza irrefrenable de López Obrador, único priista que hay en la boleta presidencial. El suyo es el PRI de Luis Echeverría, que nada tiene que ver con un México proyectado al futuro y que está a punto de dejar enterrado su pasado de abuso gubernamental y odio social, ataque a la libertad individual y cultivo de agravios y rencillas. Nadie logrará vencer la impunidad si desdeña la ley. Menos aún si se burla del Ejército y lo quiere asimilar a las podridísimas policías.

Este día me inspira para pensar que SÍ merecemos una verdadera regeneración nacional. No la conseguirán Anaya ni López Obrador, expertos en las prácticas traicioneras y caudillescas del pasado más doloroso, cuyas desgracias nos urge enterrar si queremos abrirnos al futuro. Tampoco lo logrará Margarita, que por estimable que sea, no ha tenido experiencia en responsabilidades importantes. No me cabe duda. Meade no sólo es el más capaz que tenemos hoy sino el mejor prospecto de presidente que he conocido en mi no corta vida. Es también quien mejor puede liderar un gobierno exitoso que nos siga encaminando a ser una potencia y abandonar para siempre el tercer mundo.

Eso deseo y a eso ayudaré: una genuina regeneración nacional, ahora que comienza la campaña más amplia e importante que ha habido desde que en este país se respetan los votos.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Nostalgia del Porvenir / Cuestión de dedos, búfalos y caballadas

Fernando Amerlinck

 “Lo que diga mi dedito” ha dicho Andrés Manuel López Obrador con su unipersonal voz, la del nunca compartido poder. En esta época digital se critica al dígito señalador, el índice autoritario, el dedo que manda y dispone y declara y hace y deshace. Pero no al autodedo que, frente al ceniciento espejo, dice por siempre a López “tú eres el Único, el Señalado, el Redentor, el Rayito de Esperanza. Eres tú, Majestad, el más bonito; ora sí que el Mero Mero.” Se lo dice una y otra vez al Salvador de la Patria el espejo negro de la política paleontológica: soy la voz de tu dedito.

Hoy sus devotos (y varios más, “independientes” o no) vituperan la cargada a favor de alguien que sólo sospechábamos que sería el beneficiario de la práctica digital priista de designación del Ungido; heredero de la “mafia del poder”, claro. El mayor crítico de la designación digital, que lleva tres sexenios como Mesías, reprueba desde su unipersonal poder a una mafia.

¡Él, criticando el dedazo! ¿Quién entiende? El propietario de un partido que vive de nuestras exacciones, político institucional que cobra de las instituciones mientras manda al diablo a las instituciones y dirige a una institución de su propiedad privada hecha con fondos públicos. El dueño del mayor dedo, con 18 años ejerciendo como candidato de autodedazo. Con partido propio tras mandar al diablo al PRD porque allí había diferentes voces y distintas voluntades y no era único su dedo. Ug.

Nadie critica que el espejo de la madrastra de la Cenicienta sólo refleje sus ambiciones tropicales. No reprochan tal autodesignación pero guácala la designación. Qué espanto la poca democracia en el PRI pero la monarquía familiar de Morena no espanta a nadie. Sus actos ilegales resultan tan perdonables como sus abusos y costumbres. Con él no se meten autoridades federales ni nacionales ni locales ni policías ni tribunales ni jueces. Digan lo que digan las leyes, se van al diablo ellas y su mafia.

La magia del autodedazo salvífico censura a la mafia del dedazo maléfico. Pero el ángel exterminador —que no atina a enderezar contra su nuevo adversario más crítica que su pertenencia a una etérea mafia— encabeza su propia cargada mientras goza unipersonalmente de las más viejas tradiciones dictatoriales priistas; las ama entrañablemente, sin aceptar que hasta la liturgia parece estar cambiando. En este destape no llegaron a casa de Meade, matracas en mano, búfalos encabezados por el Gran Jefe Toro Sentado (Fidel Velázquez) a informarle “usted es el Ungido”. Fue al revés: el PRI recibió en sus oficinas a un no miembro de él, para ser precandidato.

Finalmente, ¿qué más da que un partido escoja a su candidato como se le pegue la gana? Lo que de veras importa es si los votantes prefieren melón o sandía; si quieren dar un salto p’atrás o echarse pa’lante. A diferencia de las grandes épocas del partidazo tricolor y su tapadismo con garantía de triunfo, hoy los votos cuentan y se cuentan.

Ya no está flaca la caballada. Los votantes decidirán si prefieren al agraciado por un dedazo no tradicional, o al dueño de su monopólico y autocrático dedito. Acordarán si prefieren a un priista antiguo que mira al futuro por el espejo retrovisor porque evoca el pasado estatista de aquél PRI imperial e intolerante, para meter freno de mano y echar reversa en cuanto hemos avanzado. O tendrá el votante la opción de preferir a un hombre sencillo y esencialmente limpio que sí mira al futuro, y que resulta de lo mejorcito que ha producido el sistema político.

Sólo terminarán las complicadísimas carreras de 2018 dos caballos corriendo una parejera, mientras las cuadras de “independientes” y “ciudadanos” se quedarán contando votos inútiles.

martes, 21 de noviembre de 2017

Nostalgia del Porvenir / 71 en el 17

Fernando Amerlinck
14 de noviembre de 2017 

Tengo nostalgia del porvenir. De eso que vendrá y quién sabe si vendrá porque en los ires y venires temporales nada viene y todo se va y todo regresa, incluso lo que nunca existió. Nostalgia de lo que no ha pasado porque siento su presencia acá mesmo, en el sitio inasible de la memoria o del cuerpo físico o del espacio cuántico adonde se arriman los recuerdos del tiempo que nunca ha pasado y no pasará, aunque pueque sí pase. Nostalgia, malincunìa, pena por cuanto deberá de ocurrir y por aquello que vendrá. Verde interrogación. Respuestas que hoy como endenantes, fuera y dentro de Delfos o del Anáhuac, ni los druidas ni los agoreros ni shamanes son capaces de columbrar.

La eternidad —dice Enrique Berruga— no tiene futuro. Pero en este mundo chato y cuatridimensional, el pasado sí tiene futuro. Ese futuro, nostálgico de sí mismo, se enconcha en la superficie profunda de las derivas hipertemporales en las que con toda presencia sueña el cuerpo lo que aún no es, y donde la mente se debate entre los pensamientos y los sentimientos, los nóumenos y los fenómenos: la carne y el espíritu acabarán siendo lo mismo. El tiempo está embarazado de eternidad. Las dimensiones viven preñadas de hiperespacio. Habré pasado de los sueños húmedos adolescentes a los ensueños nostálgicos que buscan carne propia en lo que llegará.

Buena reflexión para este día del 2017 en que alcanzo la cuenta 71 de los años en que llevo aspirando nitrógeno y oxígeno originados en las selvas y mares de este bellísimo planeta. Se me enciman y van fecundando con eternidad los recuerdos de mi pasado remoto, ese que nunca supe qué futuro procrearía. Recuerdos y añoranzas de lo que fue, y especialmente, de lo que vendrá.

Miro los muros de la esencia mía y compongo a mi señor Quevedo: Ayer se fue, mañana no ha llegado; hoy se está yendo sin parar un punto: soy un fue, y un será, y un es soñado… Un sueño que sueña, que toda la vida es sueño y los sueños son, maestro Calderón. Y sueño con el niño que fui, perdido en preguntas y embebido en un presente cuyos sucesos (no siempre agradables) se precipitaban. El niño grande que soy sigue sin grandes respuestas, pero acaso un poco haya aprendido de mi copioso pasado, que se arremolina y a veces quisiera ¡misión imposible! rememorar.

No el remembroso sabor de un bizcocho me lanza a buscar el tiempo perdido sino una memoria que espontáneamente me envuelve y enreda en los encuentros y desencuentros de un chiquillo de pantalones cortos que transcurría solitario entre los sucios charcos para buscar renacuajos y cultivar ranas. “Comen moscos” me dijeron, frustrado yo porque se morían apenas les salían patitas. Y les llené de moscos el bote de agua, de modo que siguieron muriéndose pero rodeadas de comida flotante que al no estar volando, no podían ver para lanzarle un lenguazo.

Ese crío inquieto y despeinado que en tres días rompía la ropa nueva habría de dar cierto valor a la elegancia. Ese niño que aún vive nunca dejaría de cometer grandes errores al transcurrir la aparentemente caótica deriva de la existencia (me horrorizan quienes dicen que si volvieran a nacer harían exactamente lo mismo). Ese chico travieso brincó desde la infancia a una juventud solitaria y a una madurez (perdón por la presunción) repleta de amigos y de compañía, con una familia amorosa y una casa llena.

Largo el camino y más tardío el aprendizaje; suele llegar demasiado tarde. Ensayo y error, sobre todo error. Nadie al nacer nos entregó un mapa del mundo real, una libreta de instrucciones para la vida, o un manual de cómo usar el cuerpo y cultivar el alma sin miedo ni culpas. Pocos afortunados tienen buenos maestros para vivir a tiempo y con provecho la madurez corporal. Librarán la horrenda paradoja: el joven de cuerpo intacto no sabe nada; cuando aprende ya está viejo. Y si no aprende llega a viejo perdiendo salud y ganando amargura. Creo que el tiempo disponible para nuestra vida es demasiado corto. Ya la ciencia se encarga de alargar años, y a cada uno toca agregar vida a esos años.
Bien decía Mafalda: el remedio para el mundo es una escuela para políticos. Pero alguno de sus amigos le preguntó inocentemente de dónde sacaría a los maestros… Vaya maestros míos, tan perdidos como yo pero desde el poder que les brindaba su ladrillo, su tarima, su escritorio. Vaya sacerdotes y prefectos de disciplina, también adolecientes de instructivos para la vida, ignorantes de su ignorancia y plagados de certezas (puertas falsas contra la ignorancia). Dignos de compasión y de perdón, condolientes de la condición humana como todos nosotros.

Fui apto con la bicicleta y me descalabré cuatro veces, una de ellas cosido en la sala de emergencia del Dalinde; conservo la cicatriz a media frente. Fui pésimo estudiante, con un déficit de atención que nunca me diagnosticaron y tan mala retentiva para memorizar datos, que parecía deficiente en inteligencia. Y gulp, en aquella época nadie hablaba de bullying

No sabía en esos años lo que hubo de venir después: mi amor enorme por la música, las letras y el lenguaje español, el pensamiento, la conversación; y todo en libertad. A la detestable lectura me obligaban, a precio de perder los cuentos de Walt Disney, Supermán y los Supersabios. Contra la música escrita me vacunó un tan mal maestro de piano que sólo solfeo enseñaba, sin decirme para qué. Igualito las matemáticas: nadie me dijo para qué servían. En cuanto a la filosofía, sólo supe que era la ciencia con la cual y sin la cual se queda uno tal cual. Además, mi imponente timidez me impedía hacer amigos (peor tantito amigas) o hablar en público.

Todo todo todo lo anterior me apasiona hoy, salvo las matemáticas. Me gusta escribir y mi mejor caracterización me la dijo Octavio Paz: soy escritor primerizo. Agrego, amigo Paz, que siempre seré primerizo, porque este jubiloso jubilado apenas está empezando. Soy melómano pero me son incomodísimos los pentagramas. Y la filosofía me parece práctica porque sin ella somos almas flotantes, como una palomilla revoloteando ante un foco que confunde con la Luna.

Vaya deriva de la vida, curiosa y repleta de sorpresas y designios divinos aparentemente caóticos en una rara singladura de saltos cuánticos y de preguntas. Dijo Steve Jobs: You can’t connect the dots looking forward. You can only connect them looking backwards. Conectarlos mirando hacia atrás, confiados en que si las decisiones que uno va tomando siguen al corazón o la intuición, tendrán sentido en el futuro. Me gustan las reflexiones así en fechas como esta.

Queda dicho que, al mirar atrás, me sobrecoge la nostalgia de lo que vendrá, aunque quizá no venga porque el porvenir nadie lo sabe predecir. Pero lo avizoro con gusto y un grado de pasión, porque estoy empezando. Y lo miro con preocupación también. Me duele ver resquebrajadas las narrativas que han dado sentido a nuestra civilización. En casi todos lados la gente abjura de los valores occidentales a cambio de la superstición y los mandamientos del pensamiento único. Me duele ver al originalmente grandioso Estados Unidos herido por la corrección política y el más bobo aldeanismo. Me duele Europa, víctima de una religión invasora que hostiga a las mujeres y combate los profundos valores cristianos de trascendencia, apertura y libertad que le dieron sentido y fundamento. Me duele ver partida y decadente a mi siempre admirada Gran Bretaña. Me duele ver a mi segunda patria recaer en las pulsiones que la forzaron a una guerra civil. Me duele ver que para los jóvenes ya no significa mucho ser mexicanos, y ver a mi país desorientado y rencoroso, tratando de encauzar sus resentimientos y esperanzas mudas en un caudillo viejo y arcaico, demagógico, tronante y odioso. El pasado sí tiene futuro: las tragedias se repiten en ciclos que eternizan maldades y vilezas; ellas no escasean en este mundo. Especialmente preocupante es el poder que ganan los gobiernos, con furia por meterse en bolsillos que no son suyos y controlar no sólo haciendas sino también vidas ajenas.

Pero no nada más lo malo ocurrirá. No me vencen esos dolores porque el nostálgico porvenir habrá de encarnarse pronto en un mejor futuro, y no es éste un venero más del wishful thinking. Procrear un hijo es un acto de fe. Construir el futuro también. Y ese porvenir, como toda buena creación humana, será obra de gente libre.

La vida, fuera y dentro del hiperespacio, transcurre en una dimensión desconocida. En una deriva fluida que perpetuamente se monta a horcajadas entre el pasado y el futuro. Nace allí ese porvenir nostalgioso que no ha llegado; y para lograrlo nos servirá la morriña de eternidad de don Miguel de Unamuno, rector en Salamanca, cuando convocaba a buscar por caminos ignotos la tumba de nuestro señor don Quijote. La nostalgia es del tiempo real, pero tan irreal que aún no ha pasado. Y no seré yo quien, como don Miguel, declare ¡no me da la gana de morirme! Ese acto final puede venir en todo instante y no necesariamente cuando de veras me haga viejo y mi buena salud se desconchinfle.

Hoy declaro mi nostalgia de lo que vendrá. Quiero ayudar a construir algo más de concordia (corazón común) y dejar mi mundo tantito mejor que como lo hallé hace 71 años. Como desde mi primer día hace 25,933, hoy estoy empezando.
 
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