martes, 29 de septiembre de 2015
La vida como es… / Luz
Por Gustavo Rentería a las 10:30 archivado en Columnas Nacionales Octavio Raziel | Comentarios : 0
Octavio Raziel
Hubo un instante en la vida del Universo en que el Dios de los hebreos (a.C.) aquél que es cruel, vengativo, feroz, en síntesis, mala onda, dijo: “hágase la luz, y la luz se hizo”. Mientras Él saltaba de galaxia en galaxia, dándoles iluminación diferente a cada una de ellas, se escuchaba la letra de una vieja canción: “erase, una vez un universo triste y oscuro, y la luz, al nacer, descubrió un colorido amanecer”.
El señor Dios, al ver cualquier noche de estas al planeta azul, con los millones y millones de focos encendidos, seguramente se quejará de que cuando dijo “hágase la luz” no se refería a esa enorme iluminación. Me pregunto si las luciérnagas no serían insectos que se contaminaron cuando el Creador alumbró la tierra.
Expulsados del Paraíso, los seres humanos tuvieron que agenciárselas para sobrevivir, y para iluminarse. Primero, la luz de la luna y las estrellas cubrían esa necesidad; pero más adelante, los rayos de la tormenta, las llamas que danzaban entre los leños de la fogata y, finalmente, las candelas y las luces de una mísera mecha que flotaba en el aceite, se encargaban de alumbrarles.
El despertar, para el ser humano, significa ver la luz. En ocasiones, nos permite una sensación de tranquilidad al ver jugar a las pequeñas partículas de polvo o pelusas suspendidas en uno de los rayos que se filtran por la ventana.
Muchos miles de siglos después del génesis, una jovencita de nombre María, dio a luz al Dios-hombre (d.C.) el llamado rey de los judíos, el del perdón, el de la esperanza, en síntesis, el buena onda, aquel que sentenció: “yo soy la luz, he venido al mundo para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46).
Quienes hemos sido marinos tuvimos en su momento la oportunidad de iluminarnos con la luz que produce el fuego de San Telmo en los mástiles, la arboladura o la torre vigía de los barcos. También la luz que emana de la galerna o de las auroras mientras se navega en medio del mar océano.
Gabriel García Márquez en uno de sus brevísimos cuentos: “La luz es como el agua”, describe que un niño le preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón. “Yo no tuve el valor para pensarlo dos veces –la luz es como el agua- le contesté: uno abre el grifo, y sale”.
Cuando se recorren algunas localidades de Europa, se encuentra uno con varias ciudades cuyo apelativo cariñoso es Lux, como Luxemburgo o el mismo Lux, pequeño pueblo francés, de unos quinientos habitantes. Sobresale París, la ciudad Lux, la más bella del mundo. Casi todas ellas, con ese patronímico, están junto a anchos ríos por los que navegan -como si fueran autopistas- lanchones con cargas diversas. España no se parece tampoco en eso a Europa pues sus pueblos son de veranos ardientes e inviernos con vientos helados; y Madrid, como diría García Márquez, “fue fundada por hombres de tierra firme, que no fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz”.
En Guadalajara, México, está la iglesia de la luz del mundo, con unos 300 mil creyentes y que hasta hace poco dirigía Samuel Joaquín Flores viviendo como maharajá a pesar de las acusaciones de pedofilia, pornografía infantil, abuso sexual de menores y violación que pesaron sobre él. Pareciera que esa iglesia fuera creatura de Luzbel (tal vez a esa luz sea dedicada)
En mis visitas a Madrid acudo sin falta al parque de El Retiro donde está la única escultura que se le ha hecho a Luzbel, conocida como la del “Ángel caído” y realizada por Ricardo Bellver”. Aunque la Real Academia Española no incluye la palabra Luzbel, todos debiéramos saber que su traducción es “El portador de la luz”.
Los mexicanos estamos cansados de escuchar de nuestras autoridades la frase: ahora sí, ya estamos viendo la luz al final del túnel. Sin embargo, esa no es sino la linterna del ferrocarril que una vez más está a punto de aplastarnos.
Hubo un instante en la vida del Universo en que el Dios de los hebreos (a.C.) aquél que es cruel, vengativo, feroz, en síntesis, mala onda, dijo: “hágase la luz, y la luz se hizo”. Mientras Él saltaba de galaxia en galaxia, dándoles iluminación diferente a cada una de ellas, se escuchaba la letra de una vieja canción: “erase, una vez un universo triste y oscuro, y la luz, al nacer, descubrió un colorido amanecer”.
El señor Dios, al ver cualquier noche de estas al planeta azul, con los millones y millones de focos encendidos, seguramente se quejará de que cuando dijo “hágase la luz” no se refería a esa enorme iluminación. Me pregunto si las luciérnagas no serían insectos que se contaminaron cuando el Creador alumbró la tierra.
Expulsados del Paraíso, los seres humanos tuvieron que agenciárselas para sobrevivir, y para iluminarse. Primero, la luz de la luna y las estrellas cubrían esa necesidad; pero más adelante, los rayos de la tormenta, las llamas que danzaban entre los leños de la fogata y, finalmente, las candelas y las luces de una mísera mecha que flotaba en el aceite, se encargaban de alumbrarles.
El despertar, para el ser humano, significa ver la luz. En ocasiones, nos permite una sensación de tranquilidad al ver jugar a las pequeñas partículas de polvo o pelusas suspendidas en uno de los rayos que se filtran por la ventana.
Muchos miles de siglos después del génesis, una jovencita de nombre María, dio a luz al Dios-hombre (d.C.) el llamado rey de los judíos, el del perdón, el de la esperanza, en síntesis, el buena onda, aquel que sentenció: “yo soy la luz, he venido al mundo para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46).
Quienes hemos sido marinos tuvimos en su momento la oportunidad de iluminarnos con la luz que produce el fuego de San Telmo en los mástiles, la arboladura o la torre vigía de los barcos. También la luz que emana de la galerna o de las auroras mientras se navega en medio del mar océano.
Gabriel García Márquez en uno de sus brevísimos cuentos: “La luz es como el agua”, describe que un niño le preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón. “Yo no tuve el valor para pensarlo dos veces –la luz es como el agua- le contesté: uno abre el grifo, y sale”.
Cuando se recorren algunas localidades de Europa, se encuentra uno con varias ciudades cuyo apelativo cariñoso es Lux, como Luxemburgo o el mismo Lux, pequeño pueblo francés, de unos quinientos habitantes. Sobresale París, la ciudad Lux, la más bella del mundo. Casi todas ellas, con ese patronímico, están junto a anchos ríos por los que navegan -como si fueran autopistas- lanchones con cargas diversas. España no se parece tampoco en eso a Europa pues sus pueblos son de veranos ardientes e inviernos con vientos helados; y Madrid, como diría García Márquez, “fue fundada por hombres de tierra firme, que no fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz”.
En Guadalajara, México, está la iglesia de la luz del mundo, con unos 300 mil creyentes y que hasta hace poco dirigía Samuel Joaquín Flores viviendo como maharajá a pesar de las acusaciones de pedofilia, pornografía infantil, abuso sexual de menores y violación que pesaron sobre él. Pareciera que esa iglesia fuera creatura de Luzbel (tal vez a esa luz sea dedicada)
En mis visitas a Madrid acudo sin falta al parque de El Retiro donde está la única escultura que se le ha hecho a Luzbel, conocida como la del “Ángel caído” y realizada por Ricardo Bellver”. Aunque la Real Academia Española no incluye la palabra Luzbel, todos debiéramos saber que su traducción es “El portador de la luz”.
Los mexicanos estamos cansados de escuchar de nuestras autoridades la frase: ahora sí, ya estamos viendo la luz al final del túnel. Sin embargo, esa no es sino la linterna del ferrocarril que una vez más está a punto de aplastarnos.
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