La reciente edición de la Conference of Political Action of Conservatives (CPAC) en Washington D.C. no fue un encuentro más; fue el epicentro de la nueva dialéctica contra el narco terrorismo. Hoy, esta organización es el motor principal detrás del avance de la derecha en Occidente, un fenómeno que ya no se puede ignorar. Basta observar la alineación de astros políticos que convergen en su órbita: desde Donald Trump y Nayib Bukele, hasta Javier Milei, Giorgia Meloni y, más recientemente, el chileno José Antonio Kast.
Bajo la anfitrionía de Matt y Mercedes Schlapp —figuras clave que dirigieron los esfuerzos de comunicación y la oficina de Trump en su primer mandato—, el foro puso el dedo en la llaga de una problemática que desborda fronteras: el narcoterrorismo. Con un activismo estratégico de figuras como Rosi Orozco, Juan Iván Peña Neder, y Larry Rubin, la convocatoria dejó claro que la seguridad regional ya no se negocia bajo los términos del pasado.
La reacción desde México fue inmediata y predecible. La presidenta Claudia Sheinbaum, en su tribuna matutina, recurrió al guion de siempre: calificativos de "racismo" y "xenofobia", clichés que intentan descalificar cualquier visión que no encaje en la ortodoxia de su administración. Sin embargo, mientras en Palacio Nacional se lanzaban adjetivos, en Washington se lanzaban acusaciones de fondo. Durante el foro, se señalaron operaciones abiertas de Morena financiando movilizaciones internas en Estados Unidos, una afrenta directa a la soberanía estadounidense que, sumada a los vínculos documentados entre gobierno y células criminales, coloca a México en una posición de extrema vulnerabilidad diplomática.
Pero el análisis más crudo no vino del exterior, sino del vacío interno. Lo ocurrido tras bambalinas reveló una crisis de interlocución profunda en la oposición mexicana. Mientras Mario Zamora intentó articular una voz en nombre de "Alito" Moreno y el PRI, el PAN brilló por su ausencia de peso real. El episodio de Francisco García Cabeza de Vaca fue emblemático: fue "bajado" de último momento debido al ruido persistente sobre sus presuntos vínculos con el crimen organizado.
Este vacío dejó una lección amarga: la principal fuerza opositora en México no solo no entiende el momento histórico, sino que representa un estorbo. El foro subrayó la cercanía histórica del PAN con el ala demócrata de EE. UU., una alianza que hoy, frente al ascenso de la nueva derecha trumpista, los deja sin brújula y sin aliados en la mesa donde se toman las decisiones.
Una de las voces más contundentes fue la de Sara Carter, quien sentenció que las horas están contadas para quienes han permitido el avance del caos. El mensaje es nítido: se está gestando un nuevo orden mundial frente a nuestros ojos, y en ese diseño, el modelo del crimen organizado mexicano ya no tiene cabida. El narcoterrorismo es visto ahora como una "rémora" del viejo orden, una anomalía que debe ser aniquilada para garantizar la estabilidad de Occidente.
Lo que sucede en Washington no es menor. Las consecuencias serán inmediatas y, probablemente, dolorosas para el régimen actual y para una oposición que se niega a renovarse. Sin embargo, entre las advertencias, queda un atisbo de esperanza: la posibilidad real de una liberación definitiva del yugo narcoterrorista si se logra sintonizar con este cambio de paradigma global. México está ante una encrucijada; o se adapta al nuevo orden, o será arrollado por él.
César Daniel González Madruga@CesarG_Madruga

Publicar un comentario